El primer libro de Ayn Rand, lo estoy leyendo en su lengua original, pero buscando un poco, lo encontré en versión digital en Castellano. “We the living” trata la historia de una mujer que vive en el tiempo de la Rusia comunista y es como dice la autora, un relato vigente en cualquier país donde hayan gobiernos autoritarios.

Esta conversación entre Kira, la protagonista, y el camarada Taganov, ferviente seguidor y participante del Partido, dice mucho.

Anduvieron un rato en silencio. Luego ella le miró y sonrió; dijo:
—Yo creía que los comunistas no hacen nunca más que lo que deben hacer, y que nunca quieren hacer otra cosa.
—Es raro —sonrió él a su vez—. Debo de ser un mal comunista, porque esta vez no he hecho más que lo que deseaba hacer.
—¿Su deber revolucionario?
—No hay deber. Si se sabe que una cosa es justa se siente el deseo de hacerla. Si no se siente este deseo es porque no es justa. Y si es justa y no suscita en nosotros ningún interés, ello significa que no sabemos qué es la justicia. Y entonces uno no es un hombre.
—¿Nunca ha deseado usted una cosa sin pensar si era justa o no? ¿Sin otra razón que… el deseo mismo?
—Ciertamente. Esta ha sido siempre mi única razón. Nunca he deseado nada que no sirviese mi causa. Porque, ¿sabe usted?, se trata de mi causa.
—¿Y su causa es renunciar a su personalidad para el bien de millones de hombres?
—Para conducir a esos millones de hombres adonde yo deseo que vayan… por mí mismo.
—Y cuando cree que una cosa está bien, ¿la hace usted siempre?
—Ya sé lo que va a decir. Lo que dicen la mayor parte de nuestros enemigos. Porque vosotros admiráis nuestros ideales, pero odiáis nuestros métodos.
—Al revés: odio vuestros ideales, y admiro vuestros métodos. Si uno cree tener razón, no debe aguardar a convencer a millones de estúpidos. Puede obligarles. Lo que no sé es si llegaría a incluir entre mis métodos el derramamiento de sangre.
—¿Por qué no? Cualquiera puede sacrificar su vida por un ideal. Pero ¿cuántos conocen una devoción que llegue hasta hacerles capaces de sacrificar la vida de otro? Es algo horrible, ¿verdad?
—Absolutamente. Admirable… si tenéis razón. Pero ¿la tenéis?
—¿Por qué odia usted nuestros ideales?
—A causa de una razón importante, principal y eterna, por muy bello que sea el paraíso que vuestro Partido promete a la Humanidad. ¿Qué pueden ser vuestros ideales si hay uno que no podéis evitar, sino que sale a la superficie como un veneno mortal capaz de convertir en infierno horrible todos vuestros paraísos, ese ideal vuestro que quiere que el hombre viva para el Estado?
—¿Acaso puede vivirse para un ideal más alto que éste?
—No lo sabéis —y la voz de Kira se estremeció súbitamente en una súplica apasionada, imposible de ocultar—. ¿Ignoráis que en los mejores de nosotros hay cosas que ninguna mano extraña puede atreverse a tocar? ¿Cosas sagradas, por la misma razón —y no por otra— que de ellas puede decirse: “esto es mío”? ¿No sabéis que los mejores de nosotros, los que merecen vivir, viven únicamente para sí mismos? ¿Ignora usted que en cada uno de nosotros hay algo que no puede tocar ningún Estado, ninguna colectividad, ningún número de millones de hombres?
—No lo sé.
—Camarada Taganov —murmuró Kira—, ¡cuánto tiene usted que aprender todavía!
El la miró en la sombra quieta de una sonrisa y le dio una palmada en la mano como a una chiquilla.
—¿No comprende usted —preguntó— que no podemos sacrificar a los millones para el bien de unos pocos?
—Sí pueden hacerlo, y tienen que hacerlo, cuando estos pocos son los mejores. Niegan a los mejores el derecho a llegar a las palancas de mando, y luego no les quedará ninguno de ellos. ¿Qué son vuestras masas, sino barro que merece que lo pisen, combustible que hay que quemar? ¿Qué es el pueblo sino millones de pequeñas almas desoladas que no tienen pensamientos propios, ni sueños profundos, ni voluntad propia? ¿Y para éstos hay que sacrificar a los pocos que conocen la vida… que son la vida? Odio vuestros ideales, porque no conozco peor justicia que la justicia para todos. Porque los hombres no han nacido iguales, y no sé por qué hay que querer que lo sean. Y porque odio a la mayor parte de ellos.
—Así me gusta. Lo mismo pienso yo.
—Entonces…
—Pero yo no conozco el placer de odiar. Prefiero intentar dignificar a los que no son dignos, subirlos a mi nivel. Usted sería una espléndida combatiente… por su lado.
—Creo que ya sabe que no podré serlo nunca.
—Quizá. Pero dígame: ¿por qué no lucha contra nosotros?
—Porque tengo con vosotros menos cosas en común que vuestros enemigos. Yo no quiero luchar por el pueblo ni quiero luchar contra el pueblo. Quiero que me dejen solo… vivir.
—¿No es ése un raro deseo?
—¿Sí? ¿Y qué es vuestro Estado sino una necesidad y una conveniencia para un gran número de personas, como lo son la luz eléctrica y las cañerías del agua? ¿Y no sería un poco triste decir que los hombres tienen que vivir para estas cosas que les son necesarias, y no que estas cosas deben existir sólo para los hombres?
—Pero si se estropean, ¿no sería también algo triste quedarse quietos, sin hacer ningún esfuerzo para repararlas?
—Le deseo mucha suerte, camarada Taganov. Espero que cuando las vea rojas de su propia sangre, seguirá pensando todavía que valía la pena repararlas.
—Esto no me asusta. Lo que me asusta es que los tiempos que vivimos pueden traer a una mujer como usted.
—¿De modo que se da usted cuenta de lo que son sus tiempos?
—Todos nos damos cuenta. No estamos ciegos. Sé que esto es quizás un infierno y, sin embargo, si pudiera elegir, preferiría nacer cuando nací y vivir los días que estoy viviendo, porque ahora no permanecemos inertes soñando, ni nos lamentamos, ni nos consumimos en deseos. Ahora actuamos, trabajamos, construimos.
—Si su causa vence, camarada Taganov, espero que vea usted su éxito.
—Y cuando lo vea espero que no habrá exigido de usted un precio demasiado caro, camarada Argounova. Se miraron y rieron.